El sábado fue un día lluvioso de otoño en la ciudad. Había sido una semana intensa donde las heridas de hace unos años habían vuelto a abrirse para seguir sangrando por muchos días más. El foro es pequeño, con buena acústica, agradable. Desde que entré, el escenario atrapó mi mente. Gilda, la protagonista, con su acento brasileño, alegre, con una voz clara y fuerte me empezó a contar su historia. Y parecía estar contando la mía.

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“LOS ÚLTIMOS DÍAS DE GILDA” SON TAMBIÉN MIS ÚLTIMOS DÍAS.

 

El sábado fue un día lluvioso de otoño en la ciudad. Había sido una semana intensa donde las heridas de hace unos años habían vuelto a abrirse para seguir sangrando por muchos días más. El foro es pequeño, con buena acústica, agradable. Desde que entré, el escenario atrapó mi mente. Gilda, la protagonista, con su acento brasileño, alegre, con una voz clara y fuerte me empezó a contar su historia. Y parecía estar contando la mía.

 

 

Pocas veces se expresa con claridad lo que le ocurre no sólo a Gilda, sino a muchas mujeres que terminan siendo señaladas y absorbidas por el juicio ajeno no sólo de hombres sino de otras mujeres que sienten amenazada la vida que creen segura. ¿Cómo no identificar a esa vecina o señora que presume una vida estable cuando la realidad le señala, todas la veces posibles, que su marido no es tan suyo como quisiera? ¿cómo no escucharlas murmurar porque hay algo en las almas libres que detestan? Es ahí cuando el sentido de pertenencia queda desvirtuado. Y no siempre las mujeres somos buenas con otras mujeres.

Gilda me recordó varias ocasiones en que las lenguas hirientes de las vecinas, de los vecinos, juzgaban el ser una mujer que disfrutaba la amistad, compañía, admiración y gusto de los hombres con los que convivía y que gustaban de acompañar mi paso. No creía que aquello me importara y, como Gilda, podía enfrentar sin miedo cada crítica. Gilda muestra a cada hombre que le gustaba, lo describe a la perfección, los clasifica. Sí la quieren, de alguna manera, pero todos se esfuman. Y es que es común que digan y prometan cosas que no van a cumplir.

Gilda me señaló sin querer, o sí queriendo, el torbellino abusivo que me arrastró y del que no fui consciente hasta que ahora, siendo ya una adulta, un par de mujeres ya en entrando en las garras de la tercera edad, señalan mi vida: “¿A poco está solita?” “¡Ah, yo pensé que vivía en matrimonio!”, avientan el buscapiés fingiendo pena mientras, sé perfectamente que miran por sus ventanas a los que entran en mi casa… Y está aquella mujer entrada en canas también ya que no cree que su marido intentó la aventura en este puerto que no tiene dueño: “Es que ¿quién te va voltear a ver?” “Deberías mirarte en un espejo” “A lo mejor si se arregla más, sale”

Pero también me recordó en los hombres que la visitan y le prometen y le juran amor eterno, a mis propios conquistadores, promitentes, devotos, pero faltos de valor para acompañar a esta mujer llena de tormentas, de historias. Algunos no supieron lidiar con ella. Otros simplemente llegaron y se fueron y otros más, dejaron más que huellas, heridas, de esas que no cierran jamás. Seguro a Gilda alguno la amaba en serio. Seguro. Pero al no ser el ambiente cómodo que desean, terminan por partir para diluirse en la vida y no volver jamás.

Gilda me hace reír por no llorar. Es que el sábado llegué al teatro con mi corazón ensangrentado y roto. Estaba estallando en mis manos años de críticas, de fracasos, de pérdidas y de falta de valor para tomar las riendas de mi propio destino con todo y contra todo, de complacencias para hacer feliz a todos antes que a mí misma. La roja escenografía retrataba mi dolor acumulado. Y la obra me enseñó cuán aislada y encerrada estoy quedando. Un sistema, puede lograr que una construya su propia isla, su castillo con dobles murallas. El encierro y el silencio, hasta el fin.

Cuando salí de la obra, caminé hacia las dos casas que albergaban mis últimas heridas de guerra, aquellas que, como botín, se habían llevado lo que me restaba de alegría, de voz y, por supuesto, de corazón. Y sentí como las piedras terminaron de construir mi torre en esta isla desierta.

“LOS ÚLTIMOS DÍAS DE GILDA” , tuvo una pequeña temporada de presentaciones en el Foro A Poco No, ubicado en República de Cuba 49 en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

AUTOR: Rodrigo de Roure.

Dirección:Harumi Macías

ELENCO: Alessandra Grácio

 

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